Cuando hablamos de comunicación política, estudios electorales o políticas públicas, tarde o temprano aparece una palabra que usamos con mucha frecuencia, pero que pocas veces detenemos a pensar con cuidado: cultura. Se habla de cultura política, cultura cívica, cultura democrática, cultura institucional, cultura organizacional. Pero ¿qué entendemos realmente por cultura? ¿De dónde viene este concepto y por qué es tan importante para las ciencias sociales?
El estudio de las formas simbólicas —es decir, de los significados, los símbolos y las prácticas que dan sentido a la vida social— se ha desarrollado históricamente bajo la rúbrica del concepto de cultura. Por eso, no es exagerado afirmar que reflexionar sobre la cultura es reflexionar sobre el mundo sociohistórico como un campo de significados.
Los orígenes del concepto de cultura
En sus primeras formulaciones, especialmente en los debates entre filósofos e historiadores alemanes de los siglos XVIII y XIX, el término “cultura” se utilizaba para referirse a un proceso de desarrollo intelectual y espiritual. La cultura era entendida como el cultivo de la mente, el perfeccionamiento moral e intelectual del ser humano.
Esta idea se conecta con el significado original de la palabra: cultura proviene del latín colere, que significaba cultivar o cuidar algo, como la tierra o los animales. A partir del siglo XVI, este sentido se trasladó del campo agrícola al cultivo de la mente. Así, una persona “cultivada” era aquella educada, ilustrada, refinada.
A principios del siglo XIX, el término cultura comenzó a usarse casi como sinónimo de civilización. Ambas palabras describían un proceso general de desarrollo humano. Sin embargo, en el contexto alemán se produjo una distinción clave: Zivilisation adquirió una connotación más superficial, asociada a los buenos modales y al refinamiento social, mientras que Kultur se vinculó con los productos intelectuales, artísticos y espirituales donde se expresaba la creatividad y la identidad de los pueblos.
Kant lo expresó con claridad: “Nos civilizamos adquiriendo modales; nos cultivamos por medio del arte y la ciencia”. Esta distinción fue fundamental para la intelligentsia alemana, que encontró en la Kultur un espacio de realización simbólica frente a la falta de poder político.
Cultura y ciencias sociales
Con la aparición de la antropología a finales del siglo XIX, la concepción clásica de cultura comenzó a transformarse. La cultura dejó de ser solo un ideal de perfeccionamiento para convertirse en un objeto de estudio científico.
A partir de entonces, podemos distinguir dos grandes concepciones del concepto de cultura que siguen siendo fundamentales:
1. La concepción descriptiva de la cultura
Esta concepción entiende la cultura como el conjunto de valores, creencias, costumbres, hábitos, leyes, conocimientos y prácticas que caracterizan a una sociedad o a un periodo histórico determinado.
Edward B. Tylor definía la cultura como “ese todo complejo que incluye conocimientos, creencias, arte, moral, derecho, costumbres y cualquier otra capacidad adquirida por el hombre como miembro de la sociedad”. Desde esta perspectiva, la cultura puede describirse, clasificarse y compararse científicamente.
Autores como Bronislaw Malinowski también se inscriben en esta tradición. Para él, la cultura incluye artefactos, bienes, procesos técnicos, ideas, hábitos y valores heredados. La cultura es una realidad sui generis, distinta de la biología, que debe estudiarse en sus propios términos.
Esta concepción sigue siendo muy útil para analizar, por ejemplo, diferencias entre culturas políticas. En América Latina, las prácticas de participación ciudadana, la relación con las instituciones o la percepción de la autoridad varían considerablemente entre países, y estas diferencias pueden describirse como rasgos culturales.
2. La concepción simbólica de la cultura
La concepción simbólica da un giro importante: desplaza el énfasis desde la descripción de elementos hacia la interpretación de los significados. Aquí, la cultura se entiende como un sistema de símbolos.
Desde esta perspectiva, los fenómenos culturales son fenómenos simbólicos. No se trata solo de lo que la gente hace, sino de lo que esas acciones significan para quienes las realizan y para quienes las observan.
Leslie White argumentó que la cultura depende de una capacidad exclusivamente humana: la de crear y usar símbolos (symboling). Clifford Geertz profundizó esta idea al definir la cultura como un patrón de significados incorporados en formas simbólicas, como acciones, discursos, rituales, objetos y prácticas.
Esta concepción es especialmente relevante para la comunicación política. Un discurso presidencial, una campaña electoral o una política pública no solo tienen efectos materiales; también producen significados, narrativas y símbolos que influyen en cómo las personas interpretan la realidad.
Cultura, política y comunicación hoy
En México y América Latina, entre 2025 y 2026, la dimensión cultural es central para entender la política. Pensemos, por ejemplo, en cómo se construyen los discursos sobre democracia, seguridad, derechos sociales o identidad nacional. Estos discursos apelan a símbolos compartidos, a memorias colectivas y a marcos culturales profundamente arraigados.
La cultura política no es solo un conjunto de actitudes medibles; es también un campo simbólico donde se disputan sentidos: qué significa gobernar, qué se espera del Estado, cómo se concibe la participación ciudadana.
Repensar la cultura: la concepción estructural
A partir de estas discusiones surge lo que se ha llamado una concepción estructural de la cultura, que busca integrar el carácter simbólico de los fenómenos culturales con el hecho de que estos siempre se producen en contextos sociales estructurados.
Desde esta perspectiva, los fenómenos culturales pueden entenderse como formas simbólicas en contextos estructurados. Analizar la cultura implica estudiar tanto su constitución significativa como su inserción social.
Para ello, se proponen cinco características de las formas simbólicas:
- Intencional: las formas simbólicas son producidas por sujetos con intenciones, aunque estas no siempre sean conscientes.
- Convencional: su producción e interpretación dependen de reglas, códigos y convenciones compartidas.
- Estructural: están compuestas por elementos relacionados entre sí, como ocurre en un discurso, una imagen o un ritual.
- Referencial: siempre dicen algo sobre algo; representan, aluden o evocan aspectos del mundo.
- Contextual: se insertan en contextos sociales específicos que influyen en su significado.
Este último aspecto es clave: una misma forma simbólica puede tener significados distintos según el contexto. Un símbolo político puede generar orgullo en un grupo y rechazo en otro, dependiendo de la historia, la experiencia y la posición social de quienes lo interpretan.
Cerrar para pensar
Entender la cultura desde esta perspectiva nos permite analizar con mayor profundidad la comunicación política, los discursos públicos y las políticas públicas. La cultura no es un telón de fondo pasivo, sino un espacio activo de producción de sentido, donde se construyen consensos, conflictos e identidades.
Para quienes estudiamos comunicación, política o ciencias sociales, pensar la cultura es una herramienta indispensable para comprender cómo se organiza y se disputa el significado en nuestras sociedades.
Bibliografía básica
Geertz, C. (1987). La interpretación de las culturas. Gedisa.
Thompson, J. B. (1998). Ideología y cultura moderna. UAM-X / Paidós.
Tylor, E. B. (1871). Primitive Culture. John Murray.
Malinowski, B. (1944). A Scientific Theory of Culture. University of North Carolina Press.

