Si en las entradas anteriores hablamos del Estado y del contrato social, hoy toca abordar uno de los temas más sensibles —y quizá más desgastados— de la democracia contemporánea: la representación política.
Si los liderazgos clásicos permiten comprender la base del liderazgo político, los procesos electorales del siglo XXI han estado marcados por dos estilos particularmente influyentes y contradictorios: el liderazgo populista y el liderazgo tecnocrático. Ambos han ganado centralidad en contextos de crisis de representación, desconfianza institucional y polarización social.