Cuando analizamos una campaña electoral desde fuera, solemos preguntarnos por qué los discursos parecen tan simples, por qué los eslóganes se repiten hasta el cansancio o por qué los ataques entre candidatos ocupan más espacio que las propuestas. El texto de Lourdes Martín Salgado nos ayuda a responder estas preguntas sin moralismos y desde una mirada analítica: la política electoral es, en gran medida, una práctica persuasiva.
En democracia, convencer no es un accidente: es una estrategia. Y el marketing político se convierte en el conjunto de herramientas que permiten ordenar mensajes, construir significados y activar emociones en contextos altamente competitivos.
La estética de la simplificación: por qué menos es más
Uno de los primeros puntos que debemos entender es que la simplificación no es un defecto, sino una norma de la comunicación política. Los candidatos no simplifican porque no sepan más, sino porque saben que el tiempo, la atención y la disposición cognitiva del electorado son limitados.
En campañas contemporáneas, especialmente en 2025 y 2026, los mensajes circulan en:
- redes sociales,
- videos cortos,
- titulares,
- memes,
- spots de pocos segundos.
En este entorno, la complejidad no viaja bien. Por eso la simplificación funciona: permite atraer a públicos diversos, dejar zonas de ambigüedad estratégica y evitar explicaciones detalladas que puedan generar conflicto o desgaste.
En México, por ejemplo, los mensajes asociados a ideas como “continuidad”, “transformación”, “seguridad” o “bienestar” funcionan precisamente porque no dicen todo, pero sugieren mucho.
Los eslóganes: palabras que condensan campañas
Los eslóganes son uno de los dispositivos más eficaces de esta estética de la simplificación. Como señalan Lasswell y Leites, citados por Salgado, un eslogan es una cadena breve de palabras que adquiere significado por repetición y contexto.
Un buen eslogan:
- define al candidato,
- resume una narrativa,
- señala un conflicto,
- orienta emocionalmente al votante.
En América Latina hemos visto esto con claridad. En procesos recientes:
- En México, los eslóganes vinculados a “el pueblo”, “la justicia social” o “el cambio verdadero” siguen funcionando como marcos interpretativos.
- En Argentina, consignas asociadas a “libertad” o “casta” han operado como etiquetas polarizantes, fáciles de recordar y emocionalmente cargadas.
- En Chile, los mensajes apelan con frecuencia a la idea de “orden”, “responsabilidad” o “futuro”.
El eslogan no explica: encuadra.
Imágenes y metáforas: cuando la política se vuelve visible
Las imágenes no solo acompañan al mensaje: lo hacen creíble. Una imagen puede reforzar un eslogan, dramatizar una propuesta o construir lo que Salgado llama pseudoacontecimientos: eventos diseñados exclusivamente para ser vistos, fotografiados y difundidos.
En campañas recientes en México, es común ver:
- recorridos cuidadosamente escenificados,
- encuentros con sectores específicos,
- imágenes de cercanía, sencillez o autoridad.
Las metáforas visuales permiten materializar ideas abstractas: el cambio, la crisis, la esperanza, el peligro. En redes sociales, estas imágenes se convierten rápidamente en símbolos compartidos o en objetos de disputa política.
Entimemas políticos y falsa lógica
Un concepto central del texto es el de entimema político, una figura retórica basada en silogismos incompletos. En ellos, el mensaje deja premisas implícitas para que el público las complete.
Por ejemplo:
- “Antes estábamos peor”
- “Ellos representan el pasado”
- “Si gana X, el país corre peligro”
El razonamiento no se explica del todo, pero el auditorio lo completa desde sus creencias previas. Aquí aparecen los llamados falsos entimemas, que no son lógicamente sólidos, pero sí persuasivamente eficaces, sobre todo cuando se apoyan en imágenes, testimonios o “evidencias” parciales.
Estereotipos, símbolos y etiquetas
Los símbolos y las etiquetas funcionan como atajos cognitivos. Permiten clasificar rápidamente a los actores políticos sin necesidad de información profunda.
Las etiquetas como “radical”, “corrupto”, “populista”, “neoliberal” o “autoritario” no describen: orientan emocionalmente. Funcionan cuando el público comparte, aunque sea parcialmente, su significado.
En 2025–2026, estas etiquetas circulan con enorme velocidad en redes sociales, donde se refuerzan mediante memes, hashtags y narrativas breves.
La campaña negativa: confrontar para diferenciar
Entramos ahora a uno de los temas más incómodos, pero también más reales del marketing político: la campaña negativa.
Los ataques no son anomalías: forman parte de la retórica electoral. Su función principal es diferenciar, marcar fronteras entre “nosotros” y “ellos”.
Salgado explica que el marketing político aporta herramientas de investigación del adversario, utilizando información pública, antecedentes profesionales, campañas anteriores y trayectoria personal.
Los ataques pueden dirigirse a:
- el carácter,
- las decisiones pasadas,
- las alianzas,
- las intenciones futuras,
- la gestión previa.
La apelación al miedo
Una de las estrategias más poderosas es la apelación al miedo. Esta no crea miedos nuevos, sino que reactiva temores ya existentes: inseguridad, crisis económica, pérdida de derechos, inestabilidad.
En América Latina, donde los contextos de violencia, desigualdad o inflación son reales, estas apelaciones resultan especialmente eficaces si son creíbles y están bien contextualizadas.
Ataque directo, yuxtaposición y ambigüedad
Los ataques directos buscan provocar rechazo claro hacia el adversario, incluso fomentando la abstención. La yuxtaposición, en cambio, compara trayectorias, propuestas o estilos para debilitar a uno frente a otro.
Los ataques implícitos suavizan la confrontación, pero no por ello dejan de influir. En campañas recientes, muchos mensajes juegan con esta ambigüedad para evadir sanciones formales y reducir el efecto boomerang.
Réplica, defensa e inoculación
Toda campaña negativa genera respuesta. La réplica puede adoptar distintas formas:
- negación,
- explicación,
- disculpa,
- contraataque.
Estas estrategias se combinan constantemente y buscan reducir el daño, reforzar a los propios y mantener coherencia narrativa.
Reflexión final
Aunque muchos ciudadanos rechazan la negatividad en abstracto, la evidencia muestra que los mensajes negativos son más recordados, generan disonancia cognitiva y refuerzan posiciones previas.
El marketing político no garantiza campañas “limpias”, pero sí nos permite entender cómo funcionan realmente. Como estudiantes y analistas, nuestro reto no es idealizar la política, sino leer críticamente sus estrategias, identificar sus riesgos y comprender sus efectos en la democracia.
Bibliografía
Martín Salgado, Lourdes. 2002. Marketing político. Arte y ciencia de la persuasión en democracia. Ed. Paidós, Ibérica, Barcelona. Pp. 217-247.

